Felipe Quiroga

Chanchín

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Era mi segunda noche en el nuevo departamento. Todavía no había tenido tiempo de instalar las cortinas y estaba pegando papel de diario en la ventana de mi dormitorio para tener algo de privacidad cuando tocaron el timbre.


     —¿Hola? —dije, sin abrir.
     Golpearon la puerta.
     —Abrí, campeón, soy yo —dijo una voz del otro lado.
     —¿Quién es? —pregunté.
     —Soy yo. Abrí. Soy Chanchín.
   —Disculpá, creo que te confundiste. Yo me mudé ayer. Soy nuevo.
    —Sé quién sos. Te llamás Nicolás Bianco. Mi mamá es la dueña del departamento. Abrime.

     

     Me quedé callado, pensando en cómo reaccionar.
 

     —¿Estás ahí? —preguntó.
     —Sí, sí. ¿Qué necesitás?
     —Vengo por lo de la cláusula diez, punto tres a. 
     —¿Qué cosa?
     —El contrato. Cláusula diez, punto tres a. ¿No te acordás del contrato de alquiler?
     —Sí, pero no sé qué cláusula es esa.
     —¿Lo leíste al contrato antes de firmar?
   —Sí —mentí. Traté de recordar, pero tenía la mente en blanco. Fui al dormitorio y me puse a buscar el contrato: la habitación estaba a medio ordenar. La cama y el piso estaban cubiertos de ropa y cajas. Era imposible encontrar algo en ese caos. 

     

     —¡Nico! —gritó el tal Chanchín— ¿Estás? ¡Dale que llamo a la Policía!

 

     —¡Estoy! Esperame... me estoy cambiando.
     —Me importa tres carajos. Abrime o tiro la puerta abajo.

 

     Asustado, corrí de nuevo hacia la entrada. Giré la llave y me encontré de frente con un joven de unos veinticinco años, alto y panzón, de hombros caídos. Alzaba un chihuahua.

 

     El joven, vestido con Crocs, bermudas y una remera con el rostro del Che Guevara, entró al departamento haciéndome a un lado con el brazo.

     —Ya era hora —dijo.
  —Mirá, disculpame, es tarde y ya me estaba por ir a dormir. ¿Podríamos ver lo del contrato mañana?

     

   Chanchín entró al dormitorio y examinó mis pertenencias con una mueca de desagrado. Me miró.

   

    —¿Estás loco? —me preguntó— El contrato es el contrato. Vos sabías lo que estabas firmando. Ahora hay que cumplirlo. Hoy es viernes y son las once de la noche.
 

Suspiré.
 

     —Te soy sincero —le dije—, no me acuerdo qué decía esa cláusula. Pero igual no podés entrar al departamento así como si nada, por más que seas hijo de la dueña. Ahora vivo yo acá.
 

     Chanchín me miró y me dedicó una sonrisa boba. Dejó al chihuahua en el piso. Se acercó y me clavó el dedo índice en el pecho.

 

     —El contrato es el contrato. 
 

  Empecé a pensar que Chanchín no estaba bien de la cabeza. Se me ocurrió que lo mejor era seguirle el juego.

 

   —A ver —dije—. Está bien. Recordame por favor lo del contrato y terminemos de una buena vez con esto.

 —“Cláusula diez, punto tres, a —recitó Chanchín, poniéndose firme—: el inquilino se compromete a pasar todas las noches de los viernes, entre las once y las dos de la mañana, en compañía de Cristóbal Abel Mendoza, alias Chanchín, hijo único de la propietaria, y de Pupo, perro de raza chihuahua, mascota de éste. El inquilino se compromete a simular una relación de amistad con Cristóbal Abel Mendoza y a organizar actividades, salidas y/o juegos con el fin de entretener a éste”.

     

     —¿Qué? —dije— ¿Es una broma?
     —Está en el contrato. Lo firmaste.
     —Pero no puede ser...
    —Dale que son las once y veinte. Estamos perdiendo el tiempo y me estoy aburriendo. ¿Querés que te denuncie con mi mamá por incumplimiento de contrato?

     

    —Mirá, la verdad que no me parece esa cláusula, nunca escuché algo así. Tendría que verlo con un abogado.
     —Nada de abogado. Ya lo firmaste.

 

   Me dejé caer en un sillón, con la vista fija en el piso, tratando de pensar qué hacer.

     

     —¿Y? —me preguntó Chanchín— ¿Qué onda? ¿Salimos o nos quedamos acá? Estaría bueno pedir una pizza. A mí me gusta esa con ananá.
 

   Sentí náuseas, no por la pizza con ananá, sino por la situación, o sí, capaz que por la pizza también. Al final, terminamos negociando: pedimos una con morrones.
 

     Yo comía en silencio.
     

     —¿Y? —me preguntó Chanchín con tono de fastidio. Yo no había terminado la primera porción y él ya iba por la cuarta. Tiraba los bordes al piso para que Pupo se los comiera— Contate algo. Acordate que estás contractualmente obligado a simular que sos mi amigo y a entretenerme hasta las dos de la mañana. ¿No tenés Play 5?

     

     No sabía qué decir. La situación me parecía totalmente irreal. 

     Entonces, se puso a hablar sin parar: me contó de la vez que se quedó encerrado en el ascensor durante diez horas y se vio obligado a beber su propia orina.
 

     Finalmente, se cumplió el tiempo establecido. 
 

    —La próxima semana a ver si le ponés más onda —pidió antes de irse—. Capaz que podemos ir al cine o a bailar. Pensalo. 

     

     Me puse a limpiar, sin saber qué más hacer. Lo que en un principio pensé que era una aceituna negra que se había caído al piso en realidad resultó ser un minúsculo excremento del chihuahua. 
 

    Después me puse a buscar el contrato de alquiler, pero no lo encontré. 
Al día siguiente fui a visitar a la propietaria del departamento, una jubilada encorvada y de anteojos muy grandes.

     

     —¿Algún problema? —me preguntó al recibirme.
     —La cláusula diez, punto tres, a —contesté.
     —¿La qué? —dijo.
     —Su hijo, Chanchín. 
   —¡Ah! Así que ya conoció a Chanchín... —dijo, como si fuera lo más normal del mundo— Pero él no es mi hijo. 
     —¿No?
     —Es un chico medio rarito que vive en el mismo edificio, en el octavo C. Es inofensivo. Seguro te inventó lo del contrato, que tenés que hacerte pasar por el amigo. Se lo hace a todos los inquilinos nuevos porque ninguno se toma el trabajo de leer bien el contrato. No lo hizo por maldad. Yo creo que es porque se siente un poco solo. De todas formas, quedate tranquilo que voy a hablar con el encargado para que no te moleste más.

 

     El viernes siguiente, Chanchín no volvió a llamar a mi puerta y, por extraño que parezca, me sentí algo decepcionado. Mientras cenaba solo en mi departamento, me reí al recordar la insólita situación. No dejé de pensar en él en los siguientes días.
   

     Llegó un nuevo viernes a la noche: puntual a las once, con una pizza con ananá, subí hasta el octavo piso y toqué el timbre del departamento C.
 

      —¿Hola? —dijo Chanchín del otro lado de la puerta.
—Abrí, campeón, soy yo —dije.

Felipe Quiroga

 
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Nací en 1985 en San Miguel de Tucumán, donde vivo actualmente. Soy licenciado en Comunicación Social y Máster en Periodismo. Mis cuentos integran las antologías En pocas palabras: microficciones del Noroeste (Consejo Regional Norte Cultura, 2014), Premio Municipal de Literatura (Municipalidad de San Miguel de Tucumán, 2014), Umbrales y Crepúsculos (Textos Intrusos, 2015), 5x5 (Ediciones Trompetas, 2016), Microficciones Teatrales 2 (Macedonia Ediciones, 2018) y Microficciones teatrales 3 (Municipalidad de Neuquén, 2019).