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Matías Reyero

El café no despierta

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Se levantó a las 8 y tomó un café espantoso, lavado y sin espuma. Comenzó el día leyendo la noticia de los aumentos en el rubro inmobiliario. El café mutó de tibio a frío en esa acción. No alcanzó a bañarse. Entró al auto e insultó al aire por el sonido estridente del baúl. Subió el volumen de la radio, sonaba la noticia del aumento. Llegó a horario al trabajo, pero aún no tenía voluntad para atender a un cliente y venderle un producto que jamás compraría. Luego tampoco, pero al menos no estaría tan dormido. Usó la hora de almuerzo para comer un sánguche insulso. Trabajó hasta que la ciudad oscureció. Volvió a su departamento y estaba cansado para cocinar. Pidió un delivery de mierda. Repitió escenas desde el lunes hasta el viernes, que se levantó dos horas antes de lo común para poder hacer un trámite. El viernes no fue viernes. Nunca los viernes eran viernes porque los sábados también trabajaba. Al atardecer del sábado salió del trabajo y sintió algo similar a la libertad. Se detuvo en la misma cervecería de siempre y lo atendió el mismo mozo de siempre. Se tomó dos cervezas y miró su arrugada camisa. Llegó a su departamento a las nueve e inmediatamente se desprendió de su ropa de empleado. Se bañó y fue a lo de un amigo. En el camino vio gente durmiendo en la calle. Con el amigo hablaron de las mierdas de la semana. También de mujeres y microeconomía. Se emborracharon poco a poco. Discutió con él sobre la música que escuchaban; pidió algo más alegre. Se fumó un porro. Sintió el cansancio de la semana en sus pesados párpados. Cambió la cerveza por fernet, para levantar con el azúcar de la gaseosa. Percibió un deje de optimismo y luego más cansancio. Sus ojos se achinaron. Tomó con mayor velocidad porque creyó que no iba a aguantar la noche. Fueron a un boliche y entre ingreso y tragos gastaron la ganancia de la jornada laboral. Allí había olor a vómito, sensación térmica por encima de los 40 grados y aglomeraciones que no permitían bailar a nadie en la pista. Tras cuantiosas fantasías; se despertó torcido con la luz del mediodía molestando entre las rendijas. Su boca era el desierto de Atacama. Se levantó, bebió medio litro de agua de la canilla y cerró las persianas. Tomó un ibuprofeno y volvió a acostarse. La cabeza le explotaba, pero logró dormir hasta las siete. Miró el partido de Boca. Cuando ganaba sentía que los planetas se habían alineado y cuando perdía que todo estaba arreglado. Esta vez empató con Banfield. Puso música fuerte, observó lo que tenía alrededor. Limpió y cantó un poco. Pensó en la noche anterior, pero no recordó muchas escenas. Se preguntó si acaso en su cerebro tenía un interruptor que se había bajado de repente. Entró a Twitter y leyó a un idiota que escribió que el domingo era el peor día de la semana. Vio los miles de «me gusta» y bloqueó su teléfono. Pensó si, con un hijo, su rutina sería de más vida o más suplicio. Se llevó ese pensamiento a la comodidad de la cama. Creyó que el asunto podría alivianarse charlando con la almohada. Pero la almohada no habló y él se durmió antes de llegar a alguna conclusión. A la mañana siguiente tomó un café espantoso, lavado y sin espuma. Después se subió al auto.

Matías Reyero

 
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Soy un apasionado en transmitir. Lo intento hacer en la escritura, en la fotografía y en la actuación. Me licencié en Comunicación Social y Periodismo en la ciudad de La Plata, donde nací. Tras la muerte de mi tía encontré en la escritura un escape y conexión con el más allá; con la muerte. Noté que ese ejercicio siempre me trajo al más acá, a la vida. Escribir es una forma de ponerle pausa al mundo; es atender a la mirada, a las sensaciones y la imaginación. Una forma de vida, un juego comprometido.

Así siento la escritura.