Luciana Ravazzani

El principio de la enredadera

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Me mudo sin inmobiliaria. A una casa. Alquilo a dueño directo que no pide garantía y eso es sin dudas un punto a mi favor. Las veces que tuve que pedir garantía, sentía que estaba pidiendo un riñón. “Lo pido de buena fe, soy una chica seria, pero si tu riñón me hace falta, no voy a poder devolvértelo.”


     La casa queda en Florida, un barrio tranquilo de la Provincia. El dueño se llama Manuel y tiene la impunidad de las personas que tienen mucho dinero. Lo imaginé pasando las Fiestas en Nueva York vistiendo un suéter con el dibujo de un reno de nariz colorada y gorro de Papá Noel.

     Su mujer me ofrece de beber. Una copa de vino a las once de la mañana contrasta con su bicicleta rosa y sus ojos soñadores. Pienso que la droga más adecuada para ella es la marihuana cuando veo a través de la ventana una planta de cannabis de gran altura. Ella nota que estoy mirando la planta y me dice que cuando esté florecida, va a regalarme un frasco. Casi nunca sé qué decir cuando una de las posibles respuestas es “gracias”.


     Manuel me conduce por un pasillo. La casa donde vive da al frente y la que alquila está detrás. El final de su jardín se separa, a través de una pared de cemento, con el principio del que iba a ser temporalmente mío. Me habla del jardinero. Cae como cascada de la pared que nos divide, una enredadera. Trepó desde su pared y ahora desciende por este lado. La enredadera me hace pensar que la convivencia con ellos va a ser mucho más cercana que la que uno puede tener con vecinos en un departamento. ¿Qué cosas vamos a estar obligados a compartir?


     Cuando él festeje el cumpleaños de su hijita, voy a tener noticias y cuando yo invite amigos a beber una noche de verano en el jardín, él nos va a escuchar. Para hablar de él, de su mujer, de la planta de cannabis como una promesa, vamos a tener que susurrar.


     El hecho de que Manuel sea el propietario de mi casa, me pone en una situación de alerta permanente. Nunca tuve tan cerca al dueño de mis distintos hogares. Siento que él me está prestando su casa con una absoluta confianza que no quiero que me tenga, porque cuando él me obliga a recibir el regalo de su confianza, el beneficio de la falta de garantía, la fraternidad de su mujer, me está pidiendo un día de sol, a través de los jardines, que ya que tengo que pagar la luz, el agua y el gas, le haga el favor de pagar también sus servicios, que él después me pasa el dinero o lo descontamos del alquiler.


     Manuel es el jefe encantador que no te da la libertad de detestarlo. Él lo sabe y también puede intuir mi incomodidad. Se la atribuye a una timidez que él intenta desterrar. Si somos vecinos y nos podemos llevar bien.


     Florida no tiene sino casas bajas y los domingos es un placer caminar por el barrio. Paso por Hipólito Irigoyen y José María Paz. En la esquina, hay un restorán. En la mesa de afuera, Manuel, su mujer Julia y su hijita Amparo, almuerzan en una mesa en la vereda. Me llama “vecina” y me dice que me tenía que contar que ese era el mejor restorán de la zona. Me ofrece un bocado de su plato, me pasa el tenedor. Con Manuel nunca sé cuáles cosas estoy en condiciones de rechazar y cuáles no. ¿Es necesario que me ofrezca de su almuerzo? Me pregunto qué tipo de relación quiere establecer. Acepto su tenedor y, claro, tengo que estar de acuerdo en que ese bife de chorizo es delicioso.


     Vuelvo a casa y me recuesto. Me quedo dormida. Cuando me despierto, pasaron dos horas y estoy de buen humor. Pienso que quizá no sea tan malo entablar algún tipo de vínculo si es que en la Provincia los vecinos cobran un carácter de valor. Es en ese momento cuando Manuel se asoma por la pared que nos divide. Se para sobre una tarima y queda su cabeza descubierta. Me saluda, lo miro y le sonrío, creo que es la primera vez que lo hago. Entonces, me hace la propuesta. Estaba pensando que estaría bueno que yo tuviera un juego de llaves de su casa y él un juego de llaves de la mía, para regarnos las plantas y darles de comer a los gatos cuando alguna de las dos casas quede vacía por viajes, vacaciones o lo que sea. Es verano, imagina que puedo irme por unos días.


     En ese momento pensé que él ya debe tener un juego de llaves del fondo si es el propietario. Me dio terror. No creí que no las tuviera, pero tampoco había pensado alguna vez en eso: él puede entrar a mi casa cuando quiera. Puede regar mis plantas, sobar a mis gatos, abrir mis cajones, leer lo que escribo, evaluar la calidad de los elementos que ocupan su reino. 


     Otra vez acepté, ya sin sonrisa. Pero en caso de viajar, mamá o alguna amiga se avendrían de buen grado al cuidado de plantas y animales. No tengo de qué preocuparme. Mientras haya gente en casa, no va a entrar.
Esa misma tarde, la amiga ideal para los cuidados en caso de viajes, me llama para invitarme una semana a una quinta. Mamá iba a estar disponible, así que acordamos fecha. Me pasaría a buscar con su auto.


     Puedo decirle a Manuel “No quería molestarte, además, mi mamá ama a los gatos”, lo que no digo es que además es una mujer silenciosa que no es muy dada a conversar, así que no se van a quedar charlando pared de por medio.


    Con mi amiga nos toca una semana de lluvias torrenciales. Tanto que parece un alivio volver. Cuando llego a casa, mamá sentada en una reposera afuera acaricia a uno de los gatos en su regazo y me mira de esa forma rara que miran los padres cuando hay algo que no está funcionando.


     Manuel está en mi jardín juntando los escombros de la pared que dividía los terrenos. Me da la bienvenida y me dice que pasó la Municipalidad. Esa pared no está en los planos, pero ya llamó al jardinero. Podemos tener un hermoso jardín compartido. Pregunta si me gustan las calas.

Luciana Ravazzani

 
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Nací en Buenos Aires el 31 de mayo de 1981. Soy licenciada en Psicología. Publiqué los libros de poemas El ombligo de las naranjas (Pánico el Pánico, 2011); Intenciones de hablarte (Pánico el Pánico, 2012); Desde las bisagras (Ediciones en Danza, 2015), La intemperie es un lugar seguro (Ediciones del Dock, 2019); Poemas sobre toro (El Vendedor de Tierra, 2019) y en narrativa, Recién despierta (Alción editora, 2017).
Participé de la antología de relatos e imágenes 8cho&och8 (Arset ediciones, 2014).
Con el colectivo literario “Las Claudias” publiqué el eBook Pelos (Outsider, 2015) y Retrato de Claudia Bollini (Unrío ediciones, 2017).