Canciones de redención

Por Ángela Menchón

Nací en 1980, en Dolores, provincia de Buenos Aires. Ahora vivo en el Barrio de Once. Soy de acá y soy de allá. Soy Profesora de Filosofía, doy clases por capital y conurbano, investigo y escribo sobre cuestiones filosóficas y pedagógicas. Con mis hermanos, armamos una pequeña editorial, casera y artesanal: Seisdedos.

“Nunca pensé que terminaría siendo docente” es la primera frase que se lee cuando uno arranca Los Mantenidos. Nunca pensé que esta novela trataría sobre un docente, me digo cuando recuerdo la sorpresa que me generó esa primera línea, rotunda, clara y con un dejo existencial, como toda la escritura del libro. 

       A decir verdad, ya me había encontrado con esa frase autobiográfica del autor en un artículo reciente, llamado [Maestro normal], lo primero que leí de Walter. Allí evocaba la novela (que en ese momento yo no había leído) y su recorrido por el profesorado, el camino de construcción de ese misterio que llamamos “vocación docente” y sus primeras experiencias en la profesión, la entrada al territorio incierto de las aulas, las primeras certezas construidas, los vaivenes del entusiasmo que todos los que somos docentes conocemos muy bien.

        La novela recorre todos esos puntos y más. Porque no sólo nos cuenta cómo un profesor novato, Sebastián Ledesma, da sus primeros pasos en la escuela, con toda la carga y la alquimia explosiva de emoción iniciática y frustración inmediata que eso significa, sino que además nos pinta la vida de un pibe de barrio que por un cúmulo de circunstancias grandes y pequeñas, va construyendo una especie de destino distinto al proyectado sobre él, ampliando su campo de experiencia y forjando un carácter, una forma de estar en el mundo, que a pesar del recorrido realizado permanece siempre en estado de pregunta.

       La peripecia de irse de casa y la búsqueda de un hogar (“un lugar donde volver y sentirse a salvo”); los primeros laburos; la iniciación en los libros; el descubrimiento de la pasión por enseñar a través de la “pasión por relatar”; las ansiedades eróticas; van emergiendo como hitos en su existencia.         El libro se divide en tres partes: Soledad — Multitud — Compañía. Como si fueran momentos de un proceso dialéctico, sin superación definitiva. Una dialéctica abierta, donde todo lleva a pensar que el proceso recomienza. Allí donde algo parece completarse, se abre una fisura y por allí se cuela el pequeño o gran drama de cada vida. 

       La novela es tan esperanzadora y devastadora como puede serlo la realidad misma, no hay mensaje redentor (porque “el paraíso no está en este mundo”) pero tampoco ausencia de líneas de fuga en las historias de los personajes. Algunos se quedan atrapados en sus historias fatales, algunos incluso devienen monstruos, y los otros se van construyendo como pueden, con heroísmos anónimos y miserias humanas, demasiado humanas.

       Después de haber leído enormidad de textos académicos que tratan sobre docencia y planificación, sobre pedagogía y didáctica, sobre el perfil del “alumnado” y sobre la dinámica de las instituciones educativas, encuentro en esta novela un aire refrescante, de cualquier tipo de telaraña propia del lenguaje educativo.

Vemos a un profesor contemplando cómo su planificación se derrumba estrepitosamente frente a un grupo “difícil”, cómo le busca la vuelta con los recursos para generar ganas de escribir y de pensar, cómo explora los gustos de los estudiantes para generar un lazo más empático, no siempre con los resultados esperados.

       Esta no es una típica historia de docentes y alumnos como podría serlo “La sociedad de los poetas muertos” o “Escritores de la libertad” donde un docente abstraído de sus condiciones materiales de existencia genera cambios existenciales y emancipatorios en sus estudiantes. Esta historia es menos espectacular y más realista.

       Vemos las tensiones institucionales, las relaciones de poder en las aulas, y en las salas de profesores, vemos las resistencias a que algo cambie, y la eterna intención declarada de que algo cambie para que al final nada lo haga. Vemos la persistencia, la derrota, la vuelta al ruedo. Las brechas generacionales. Los prejuicios interdisciplinarios. La desidia. La eterna burocracia. La vida cotidiana de los alumnos de la escuela pública en el conurbano bonaerense. Pero todo eso se nos muestra desde una mirada que no busca emitir juicios de valor ni lugares comunes sobre “la crisis de la educación” o sobre “lo apáticos que están los pibes”: se trata más bien de un relato de un mundo como lo es una escuela del conurbano, donde las vidas se entretejen y se debaten en cotidianidades difíciles, por momentos sofocantes, y en el cual los y las jóvenes son la metáfora de lo duro que es construir proyectos de vida en medio de la circularidad que parece dejar a todos en su lugar de siempre, donde todo huele a que el futuro no va a ser para nada mejor que lo que viene siendo. “Ninguna perspectiva interesante en el horizonte”, resume en una frase Lezcano.

       ¿Cómo ser docente en esas condiciones? En teoría, ser docente en la escuela pública implica ofrecerles a los estudiantes la posibilidad de hacerse un futuro, un proyecto de vida. ¿Qué pasa con la escuela (y en ella) cuando el contexto no ofrece alternativas al alcance de la mano? En ese escenario, ser profesor de Letras se vuelve una apuesta al futuro de los adolescentes y al mismo tiempo una lucha por forjarse un proyecto de vida propio, sin demasiado convencimiento, pero con la insistencia de quien ha vislumbrado que ahí puede encontrarse una especie de lugar en el mundo.

       El porvenir no se encamina hacia un final espectacular (ni tampoco la novela), sino que parece ofrecer micro-redenciones, espaciadas y parciales, que habitan en la lectura, en las conversaciones, en los amores provisorios, en la cerveza fría, en las canciones, en los amigos de siempre, en los recuerdos, en esos detalles que iluminan el ejercicio tenaz, cotidiano, y a menudo doloroso, de la existencia.